Tiempo de Lectura: 4 minutos


Actualmente estoy re-leyendo la Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino (y tomando café). Estos escritos fueron la sistematización de la doctrina reformada. En ellos podemos encontrar la exposición de verdades bíblicas indispensables para todo creyente. El texto es el de Biblioteca Reformada, lo que está en negritas y comentarios en [rojo] es mi interacción con la lectura.


Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino, Capitulo 1: EL CONOCIMIENTO DE DIOS Y EL DE NOSOTROS SE RELACIONAN ENTRE SÍ. MANERA EN QUE CONVIENEN MUTUAMENTE

2. El hombre en presencia de Dios

Por otra parte, es cosa evidente, que el hombre nunca jamás llega al conocimiento de sí mismo, si primero no contempla el rostro de Dios y, después de haberlo contemplado, desciende a considerarse a sí mismo [¡Bum! Mientras menos conozco a Dios, menos me conozco a mí. Mientras más lo conozco, más me asombro de mi insignificancia]. Porque estando arraigado en nosotros el orgullo y soberbia [Creo que está es la perspectiva correcta, de acuerdo a la Biblia, de nuestra maldad. No somos un poco orgullosos, más bien el orgullo está arraigado en nosotros. Así como la mala hierba no se corta de las hojas o el tallo, sino de la raíz, también debemos trabajar nuestra soberbia desde el corazón], siempre nos tenemos por justos, perfectos, sabios y santos, a no ser que con manifiestas pruebas seamos convencidos de nuestra injusticia, fealdad, locura y suciedad; pero no nos convencemos si solamente nos consideramos a nosotros y no a Dios, el cual es la sola regla con que se debe ordenar y regular este juicio [Si la justicia y ser de Dios es la regla con la que me mido, es imposible ser altivo]. Porque como todos nosotros estamos por nuestra naturaleza inclinados a la hipocresía, cualquier vana apariencia de justicia nos dará tanta satisfacción [Como cristiano soy fiel defensor de la satisfacción que procede de Dios, pero hay que ser cautelosos y discernir correctamente porque hay satisfacciones falsas que destruyen] como si fuese la misma justicia. Y porque alrededor de nosotros no hay cosa que no esté manchada con grande suciedad, que no es tan sucio nos parece limpísimo mientras mantengamos nuestro entendimiento dentro de los límites de la suciedad de este mundo; de la misma manera que el ojo, que no tiene delante de sí más color que el negro, tiene por blanquísimo lo que es medio blanco u oscuro [¡Qué buena imagen e ilustración! Definitivamente no sólo hay que saber las verdad, sino también hay que saber expresarla].

Y todavía podremos discernir aún más de cerca por los sentidos corporales cuánto nos engañamos al juzgar las potencias y facultades del alma. Porque si al mediodía ponemos los ojos en tierra o miramos las cosas que están alrededor de nosotros, nos parece que tenemos la mejor vista del mundo; pero en cuanto alzamos los ojos al sol y lo miramos fijamente, aquella claridad con que veíamos las cosas bajas es luego de tal manera ofuscada por el gran resplandor, que nos vemos obligados a confesar que aquella nuestra sutileza con que considerábamos las cosas terrenas, no es otra cosa sino pura tontería cuando se trata de mirar al sol [Definitivamente hay ilustraciones que amplían la comprensión de las verdades abstractas].

De esta misma manera acontece en la consideración de las cosas espirituales. Porque mientras no miramos más que las cosas terrenas, satisfechos con nuestra propia justicia, sabiduría y potencia, nos sentimos muy ufanos y hacemos tanto caso de nosotros que pensamos que ya somos medio dioses [Considerarnos dioses, como los seres máximos, es parte esencial del pecado]. Pero al comenzar a poner nuestro pensamiento en Dios y a considerar cómo y cuán exquisita sea la perfección de su justicia, sabiduría y potencia a la cual nosotros nos debemos conformar y regular, lo que antes con un falso pretexto de justicia nos contentaba en gran manera, luego lo abominaremos como una gran maldad [El ser de Dios y su evangelio, nos hace odiar no sólo nuestro pecado, sino aún nuestros intentos de justicia propia. ¡Cuán grande es Dios!]; lo que en gran manera, por su aparente sabiduría, nos ilusionaba, nos apestará como una extrema locura; y lo que nos parecía potencia, se descubrirá qué-es una miserable debilidad. Veis, pues, como lo que parece perfectísimo en nosotros mismos, en manera alguna tiene que ver con la perfección divina [¿Qué somos delante de Dios? ¿Qué podemos presumir delante de Él? ¡Nada!].


¡Gracias por leer!

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