Tiempo de  lectura: 5 minutos

Fe que salva

Hoy es muy común hablar sobre la fe, sin embargo casi siempre se hace de manera equivocada. La fe bíblica ha sido sustituida por una supersticiosa. Hoy se cree en el poder de la fe. Es decir, si crees que algo va a suceder, sucederá porque lo crees. Tu fe tiene el poder para provocar suceso. Esto es una enseñanza sin fundamento en las Escrituras.

La fe cristiana es una confianza en Cristo, no en mi capacidad de creer. Ni siquiera se trata de una certeza de que Jesús puede hacer lo que quiero que haga, sino de una seguridad que Él hará lo mejor para su gloria. Creer en Cristo es confiar en su poder y voluntad.

La fe bíblica salva por el objeto en la que se deposita: Cristo. Yo puedo tener poca fe en un avión, pero que éste llegue a su destino no depende de mi confianza, sino del diseño y mantenimiento que se le de. El avión no depende de mi creencia, mi fe debería depender del avión.

Lo que salva no es mi fe, sino Cristo en quien confío. Esta es la doctrina bíblica.


La fe bíblica no es opuesta al conocimiento. La confianza cristiana necesita información básica. Nadie puede creer en Jesús sin conocer quién es, qué hizo, y qué hará. Creer es algo inteligente. 


Conocimiento, aprobación y confianza

18 Mientras él les decía esto, un dirigente judío llegó, se arrodilló delante de él y le dijo:

―Mi hija acaba de morir. Pero ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.

[…]

23 Cuando Jesús entró en la casa del dirigente y vio a los flautistas y el alboroto de la gente, 24 les dijo:

―Váyanse. La niña no está muerta, sino dormida.

Entonces empezaron a burlarse de él. 25 Pero cuando se les hizo salir, entró él, tomó de la mano a la niña, y esta se levantó. 26 La noticia se divulgó por toda aquella región.

Jesús tiene tres encuentros con personas necesitadas de sanidad: una niña moribunda, una mujer impura y un par de invidentes. Con cada uno de ellos, muestran los tres elementos de una fe bíblica: conocimiento, aprobación y confianza.

El primero de los encuentros comienza con el padre de una niña moribunda. Éste era un dirigente público, alguien que contaba con recursos de toda clase. Sin embargo, sus recursos humanos habían llegado al límite y por lo tanto se arrodillar ante Jesús.

Este hombre presenta conocimiento sobre Cristo. Lo más probable es que él hubiera escuchado sobre el ministerio de sanidad de Jesús. Su fe también incluía aprobación de dicho conocimiento. No sólo había oído que Jesús sanaba, sino que también aprobaba que esa información era verdadera. Por último, su fe lo llevó a la confianza y acción. El se coloca de rodillas delante de Cristo y a ver a su hija regresar de la muerte.

19 Jesús se levantó y fue con él, acompañado de sus discípulos. 20 En esto, una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto. 21 Pensaba: «Si al menos logro tocar su manto, quedaré sana». 22 Jesús se dio vuelta, la vio y le dijo:

―¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado.

Y la mujer quedó sana en aquel momento.

 

El segundo encuentro es con una mujer que sufría de flujo sanguíneo. Ella padecía del dolor físico, pero también de un rechazo social y religioso. Pero su confianza no era supersticiosa en la ropa de Jesús, sino en Aquel que la portaba.

En ella podemos ver los tres elementos de una fe salvífica. En primer lugar tenía el conocimiento sobre el poder de Jesús. En segundo, aprobaba dicho conocimiento y, tercero, actuó en confianza al grado de exponerse a tocar a un Maestro.

Al sufrir de flujo de sangre, era considerada impura y contagiosa de dicha contaminación. Por lo tanto, al tocar a un Rabí, ella se arriesgaba a ser apedreada por insolente. Su fe colocada en Cristo la llevo a tocar el borde del manto de Jesús y ser curada instantáneamente.

27 Al irse Jesús de allí, dos ciegos lo siguieron, gritándole:

―¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!

28 Cuando entró en la casa, se le acercaron los ciegos, y él les preguntó:

―¿Creen que puedo sanarlos?

―Sí, Señor —le respondieron.

29 Entonces les tocó los ojos y les dijo:

―Que se haga con ustedes conforme a su fe.

30 Y recobraron la vista. Jesús les advirtió con firmeza:

―Asegúrense de que nadie se entere de esto.

31 Pero ellos salieron para divulgar por toda aquella región la noticia acerca de Jesús.

El tercer encuentro se da con un par de invidentes. Lo más contrastante es que dos personas que no ven físicamente, tenían una fe más vidente que muchos.

Ellos reconocían a Jesús como el “Hijo de David”, una expresión mesiánica. Su conocimiento sobre la identidad y poder de Cristo fue evidente. Su aprobación sobre dicho conocimiento fue probado personalmente por Jesús. Finalmente su persistencia al seguirlo y gritar, muestra claramente que confiaban plenamente en la capacidad de Jesús para sanar y salvar.


Cada sanidad en la Biblia apunta a la verdadera salvación de la enfermedad y muerte espiritual. El verdadero mal no es el físico, sino el espiritual. Cristo ha ganado la salvación del pecado y el infierno en la cruz. Cree en Él y se salvo.


 Falta de Fe

32 Mientras ellos salían, le llevaron un mudo endemoniado. 33 Así que Jesús expulsó al demonio, y el que había estado mudo habló. La multitud se maravillaba y decía: «Jamás se ha visto nada igual en Israel».

34 Pero los fariseos afirmaban: «Este expulsa a los demonios por medio del príncipe de los demonios».

Un cuarto encuentro se da con un mudo a causa de fuerzas espirituales. Jesús expulsa el demonio de este hombre regresándole el habla. Sin embargo, los religiosos no creyeron en Él.

Los fariseos distorsionaron el conocimiento sobre Jesús, rechazaron la verdad de Cristo, y no confiaron en Él. De hecho, lo acusan de actuar de parte de Satanás. La falta de fe es una realidad evidente.


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