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El tercer camino del Evangelio

El Evangelio es verdad y gracia. Estos dos elementos siempre deben de ir juntos, nunca separados. La verdad nos muestra la realidad del pecado en el corazón humano. Somos más pecadores de lo que nos gustaría aceptar. La gracia es que Dios vino en Cristo a salvar pecadores. En Él, somos más amados de lo que podemos llegar a desear. El Evangelio es verdad y gracia.

Muchas personas viven con un énfasis sobre la gracia. Últimamente llamados “liberales”. Estos consideran que Dios es sólo amor y, sin importar como vivas, Él te ama como hijo.

Por otro lado, hay quienes únicamente ven la verdad del pecado. A éstos se les denomina “legalistas”. Ellos se enfocan en salvarse a través de la obediencia a las leyes morales. Lo triste es que en  ambos casos, tanto liberales como legalistas, pierden el Evangelio.

El Evangelio no es ni liberalismo, ni legalismo, es un tercer camino.


Todos tenemos una tendencia natural. Algunos somos buenos para dar gracia y minimizar el pecado. Otros corremos a establecer reglas, y olvidar la gracia. Los primeros disfrutan de una redención ilusoria. Los segundos sufren  bajo una auto-justicia   ficticia. ¿Cuál es la tendencia de tu corazón?


No liberalismo

9 Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos. «Sígueme», le dijo. Mateo se levantó y lo siguió.

10 Mientras Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y comieron con él y sus discípulos. 11 Cuando los fariseos vieron esto, les preguntaron a sus discípulos:

―¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores?

12 Al oír esto, Jesús les contestó:

―No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. 13 Pero vayan y aprendan qué significa esto: “Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios”.[a] Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.[b]

Jesús se encuentra con un recaudador de impuestos. Para los judíos Mateo era considerado un traidor. Él trabajaba para el imperio romano cobrando tributos a sus compatriotas oprimidos. Regularmente, los recaudadores se enriquecían al cobrar cuotas más altas de las oficiales. Él era considerado públicamente un pecador.

Lo más probable es que éste discípulo pensara que su vida se trataba de una vida cómoda y placentera. Más que una moral intachable, lo importante para él consistía en la riqueza material.  Mateo vivía como quería, era liberal.

Jesús lo llama a ser su discípulo, pero no lo hace porque Mateo tuviera la razón en su forma de vivir. Cristo no lo llama porque estuviera sano, sino por todo lo contrario. Jesús es el médico que viene a los enfermos. Mateo acepta seguir a Jesús y ser transformado en el Evangelio.

Mateo realiza un banquete en honor a Jesús. Muchos de los amigos del ahora discípulo se unen a la celebración. En el judaísmo, compartir la mesa era establecer un pacto de amistad y aceptación con toda clase de pecadores. Lo cual representaba una aberración para los fariseos.

Cristo demuestra que el liberalismo está equivocado, pero que la solución tampoco es el legalista, sino el Evangelio de gracia.


El Evangelio no se trata de “Dios te ama, vive como quieras” sino de un “eres pecador perdonado por gracia”. Cristo no vino a buscar a los justos, sino a morir por los pecadores y darles vida nueva. La gracia de Dios es el Evangelio, algo que no está en mí ganar, sino en Cristo regalar.


No legalismo

14 Un día se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron:

―¿Cómo es que nosotros y los fariseos ayunamos, pero no así tus discípulos?

Jesús les contestó:

15 ―¿Acaso pueden estar de luto los invitados del novio mientras él está con ellos? Llegará el día en que se les quitará el novio; entonces sí ayunarán. 16 Nadie remienda un vestido viejo con un retazo de tela nueva, porque el remiendo fruncirá el vestido y la rotura se hará peor. 17 Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, se reventarán los odres, se derramará el vino y los odres se arruinarán. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así ambos se conservan.

Por otro lado, Jesús se encuentra ante un questionamiento de los  fariseos sobre el ayuno. Para este grupo judío, ésta práctica se realizaba dos veces a la semana. Consistía primordialmente en abstinencia de alimento y se relacionaba constantemente al sufrimiento. Los seguidores de Juan lo practicaban frecuentemente, debido a las costumbres de su maestro. Pero los discípulos de Jesús eran vistos constantemente en banquetes junto a su Rabí. Entonces surge la pregunta.

La respuesta de Jesús seguramente sorprendió a sus oyentes. En primer lugar, Cristo les señala que Él es Dios. Esto sorprendió a los fariseos. El ayuno se realizaba en momentos de dificultad, con la intención de buscar a Dios. Pero no puedes buscar a Aquel que está presente. Ayunar con Cristo a un lado es ridículo. Él es la persona que tanto buscamos.

En segundo lugar, Él reconoce que llegará un momento de separación. Esto sorprendió a sus seguidores. Jesús será distanciado de sus discipulos. Entonces el ayuno tendrá total sentido. Por eso los cristianos aún ayunamos, lo buscamos y anhelamos hondamente.

Y en tercer lugar, Cristo les muestra que su forma de relacionarse con Dios está equivocada. Los fariseos son legalistas. Ellos encuentran su seguridad y confianza en su propia rectitud. Ayunan por amor a sí mismos y para salvarse, no lo hacen por amor a Dios y por la salvación de la cruz. De hecho es tan grande la distancia entre el legalismo y el Evangelio, que Jesús utiliza dos ilustraciones para expresar que creer en Él y recibir su enseñanza, sólo es posible con una nueva actitud y apertura de corazón.


El Evangelio tampoco es “pórtate bien y serás amado”, sino un “a pesar de tu pecado has sido amado”. El primer paso para ser salvo es reconocer que yo no puedo salvarme a mí mismo. Sin esta actitud, la cruz siempre será un sacrificio sin sentido. El Evangelio no es salvación por obras propias, sino por la de Cristo en la cruz.


¡Gracias por leer!

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