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Rechazar a Jesús

Miles de personas, todos los días, rechazan la oferta de salvación. Muchos no ven la necesidad de un salvador. Consideran que su vida ha sido buena o promedio. Pero no digna de necesitar un rescate.

Otros piensan que su vida ha sido tan obscena que consideran que la fe es para los “buenos”, no para ellos. Intuyen que hay ciertos pecados que Dios no perdonaría. Entre los cuales están los propios.

En ambos casos, la triste realidad es que muchos rechazan a Jesús diariamente.

¿Por qué un ser humano rechaza a Cristo? Porque representa una amenaza a su vida. Para muchos puede ser un insulto a su orgullos, para otros una oferta de la cual son indignos, pero en ambos casos un ataque a mi estabilidad. Por esto Jesús es rechazado.


Si crees que seguir a Jesús desafiará tu estilo de vida, estás en lo correcto. No puedes tener a Cristo como tu Señor y controlar tu vida a la vez. Jesús te desafiará a vivir de tal manera que sólo de su mano podrás caminar. Seguir a Jesús es renunciar a mucho, pero es ganar más. En Él podrás llegar a perder esta vida, pero ganarás la imperecedera.


 Estabilidad económica

28 Cuando Jesús llegó al otro lado, a la región de los gadarenos,[a] dos endemoniados le salieron al encuentro de entre los sepulcros. Eran tan violentos que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. 29 De pronto le gritaron:

―¿Por qué te entrometes, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes del tiempo señalado?

30 A cierta distancia de ellos estaba paciendo una gran manada de cerdos. 31 Los demonios le rogaron a Jesús:

―Si nos expulsas, mándanos a la manada de cerdos.

32 ―Vayan —les dijo.

Así que salieron de los hombres y entraron en los cerdos, y toda la manada se precipitó al lago por el despeñadero y murió en el agua. 33 Los que cuidaban los cerdos salieron corriendo al pueblo y dieron aviso de todo, incluso de lo que les había sucedido a los endemoniados. 34 Entonces todos los del pueblo fueron al encuentro de Jesús. Y, cuando lo vieron, le suplicaron que se alejara de esa región.

Mateo 8:28-34

Un par de hombres, bajo la influencia espiritual de demonios, “vivían” en dónde los muertos yacían. Una clara referencia a su condición espiritual. Sin embargo, en medio de su drástica condición, ellos reconocen la verdad de Jesús: Cristo es el Hijo de Dios, y hay un tiempo señalado de juicio.

En medio de la incredulidad de la multitud, los demonios reconocen correctamente la identidad de Jesús como Hijo de Dios. Él no es sólo un ser humano, un profeta o un maestro. Él es Dios.

De la misma manera, dichos demonios temen ante el juicio divino. Ellos son consientes de su condición como culpables delante de Dios. Saben que un día recibirán una sentencia justa de castigo eterno. Ellos saben que Cristo es Rey y Juez.

Dichos demonios tenían una mayor claridad sobre la persona de Cristo, que muchas de las personas que lo seguían. Aún así, estos diablos seguían siendo diablos. Irónicamente, en medio de su perversión y maldad, sabían que Jesús es Dios y Juez.

Lo más contrastante es que, las personas de la región tenían una condición más deplorable que los endemoniados. Los locales eran ciegos para ver que tenían a Dios frente a ellos, y lamentablemente no alcanzaban a percibir que un día sufrirían un justo juicio.

Por esto, le rogaban a Cristo que se fuera. Para ellos, Jesús representaba una amenaza a su estabilidad económica. Los criadores de cerdos, animales considerados culturalmente impuros, veían en el Maestro a alguien que traía pérdidas económicas. Preferían tener ingresos abundantes, que a Dios mismo.

Que triste es la condición humana con su limitada perspectiva. Teniendo frente a ellos al creador del universo, amaban más a los animales impuro. Tristemente esa historia se repite hoy, muchos anhelan poseer las migajas de este tiempo, en lugar del pan eterno.


Ser económicamente solvente no es pecado. El pecado es amar y adorar los recursos materiales por sobre todas las cosas, incluyendo a Dios. Muchos personajes de la Biblia fueron ricos, pero su verdadera riqueza era Cristo. Jesús puede demandarte tu fortaleza económica, pero siempre a cambio de algo mejor, una riqueza eterna: Él mismo.


Estabilidad religiosa

Subió Jesús a una barca, cruzó al otro lado y llegó a su propio pueblo. Unos hombres le llevaron un paralítico, acostado en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico:

―¡Ánimo, hijo; tus pecados quedan perdonados!

Algunos de los maestros de la ley murmuraron entre ellos: «¡Este hombre blasfema!»

Como Jesús conocía sus pensamientos, les dijo:

―¿Por qué dan lugar a tan malos pensamientos? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados quedan perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —se dirigió entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

Y el hombre se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud se llenó de temor y glorificó a Dios por haber dado tal autoridad a los mortales.

Mateo 9:1-8

Si eres un paralítico buscas a  Jesús, aquel que sana toda enfermedad, ¿qué esperarías escuchar de sus labios? Yo desearía escuchar de Cristo las palabras “¡estás sano! Ya puedes caminar”. Sin embargo, Él hace algo inesperado: perdona los pecados de éste hombre.

Lo curioso es que los más sorprendidos (e indignados), no fueron el paralítico y sus amigos, sino los expertos en la ley. ¿Por qué? Porque el perdón de los pecados es algo que sólo Dios puede otorgar. Cuando Cristo perdona pecados, está diciendo que Él mismo es Dios. Esta era una gran ofensa y blasfema para los fariseos.

Los legalistas rechazaban a Jesús porque clamaba ser Dios mismo, los confrontaba con su pecado y ofrecía gracia a prostitutas y traidores. Los fariseos odiaban a Cristo porque, cuando ellos se consideraban religiosamente buenos, el Maestro los llamaba “víboras”.

Muchos rechazan a Jesús porque para aceptar a Cristo, uno debe reconocer que es más pecador de lo que le gustaría aceptar. Decir “si” a Jesús, es decir “no” al orgullo.

Al final, Jesús demuestra que realmente es Dios. Él sana al paralítico para demostrar que el Padre lo respalda. Si Cristo es Dios y habla la verdad, los expertos en la ley tenían que aceptar que su religiosidad era vana. Ellos tenían que rechazar a su orgullo, y correr al Salvador.


No puedes aceptar a Jesús y vivir con orgullo. Éstos se repelen mutuamente. Jesús nos confronta con nuestra verdadera condición de pecado, y por lo tanto destruye el orgullo. El orgullo nos invita a considerarnos mejores que otros, y por lo tanto nos impide ver nuestra necesidad de Cristo. Si crees que eres bueno por ti mismo, rechazarás a Jesús. Si consideras que eres pecador, Cristo será la esperanza que abrazará tu corazón. 


¡Gracias por leer!

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