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El Reino Manifiesto (8a parte)

 

1 »No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.

Mateo 7:1-2

Somos tan pecadores que inclusive nuestra perspectiva sobre nuestra propia maldad es perversa. Constantemente consideramos que nuestros pecados son pequeños, mientras que los de otros son grandes. Aún cuando reconocemos que somos pecadores tendemos a hacerlo de manera equivocada.

Jesús nos enseña que no se nos es permitido dictar un condenación eterna sobre otros, esto sólo lo hace Dios. Eso no significa que no podamos distinguir entre lo bueno y malo en la vida de otras personas. Lo que denota es que enjuiciar al infierno a otros, de manera irremediable, es un gran desacierto.


Constantemente se oyen, dentro y fuera de las comunidades cristianas, expresiones como “no juzgen” o “sólo Dios puede juzgarme”. Tristemente la primera frase es sacada de contexto y utilizada para defender enseñanzas y maestros falsos. Jesús nunca nos prohibe distingur entre la verdad y la mentira. De hecho nos llama a hacerlo (Mateo 7:15-23). Aún más tristemente, la segunda frase es utilizada como defensa personal cuando alguien es confrontado con su pecado. Sin embargo oculta una terrible verdad: Dios juzgará y lo hará rectamente. Más que una defensa para pecar, es una verdad que nos debería hacer temblar. Pero si confías en la cruz, tienes un Abogado capaz de presentarte inocente (1 Juan2:1).


Pecado en el Reino

»¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.

»No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen; ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen.

Mateo 7:3-6

Desde la perspectiva de Dios, mi pecado siempre será más relevante que el pecado de otros. Yo no rendiré cuentas sobre el pecado de mi vecino, ni viceversa. Es por eso que mi primera preocupación siempre deberá ser mi propia maldad.

De la misma manera, considerar que el pecado de otro es más grande que el mío es una señal de orgullo. Intentar corregir a mi amigo sin reconocer mi propia maldad es sobervio, y me llevará a actuar sin gracia. En pocas palabras, esta actitud es hipócrita.

Estamos llamados a trabajar intensionalmente la santificación en nuestra propia vida. Examinar diariamente nuestro corazón, arrepentirnos de nuestro pecado y pedir por fe, trae como consecuencia una actitud humilde y llena de gracia hacia la falta de otros.

Solamente cuando trabajo en mi viga primero, veo claramente la paja del otro. Entonces, la percibo en la dimensión correcta y con la actitud adecuada. En el Reino de Dios el jucio eterno le pertenece a Él, y la corrección se da en humildad y gracia.


Una de las características más distintivas del cristiano es que es capaz de reconocer su maldad. Un cristiano no necesita justificarse porque ha sido justificado por Cristo. Si Dios ha exibido y vencido mi maldad públicamente, puedo recibir corrección con humildad y apertura. Por esto que la corrección que estamos llamados a hacer en la vida de otros, siempre es a otros cristianos. Alguien no creyente pisotearian la perla de la exhortación cristiana.


Ayuda en el Reino

»Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

»¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? 11 Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!

Mateo 7:7-11

Solamente aquel que ha tratado de abandonar un pecado, sabe lo difícil que ésto es. Regularmente hay constantes batallas, esfuerzos y derrotas. Y si te encuentras en desaliento y profundo dolor por tu incapacidad de superar habitos y pensamientos pecaminosos, tengo buenas noticias para ti: ¡Tu Padre te dará lo que necesitas!

¿Qué es lo que necesitas hacer? Pedir, buscar y llamar. Cada uno de estos verbos son activos, intencionales y constantes. Nadie pide sin actuar, ni busca de manera accidental, o llama sin interés. Tu Padre está dispuesto a darte cosas buenas para sacar la viga de tu ojo. ¡Pídelo, búscalo y clama!

Dios es un Padre bueno y da cosas buenas. En una ocasión, siendo niño, me enfermé. Mi madre me llevó a una tienda a comprar medicina. Yo quería que me comprara dulces, no medicina. ¿Qué hizo mi mamá? Me compró medicina. Me dio algo bueno que necesitaba. Dios es un Padre bueno.


Dios siempre responde a nuestras oraciones. Aún cuando la respuesta no es la que deseamos, Él nos da lo mejor. A veces las cosas buenas que necesitamos tienen fachadas engañosas como sufrimiento, ausencia, y dificultad. C. S. Lewis escribió “Si Dios hubiera contestado todas las oraciones tontas que he hecho en mi vida, ¿dónde estaría yo ahora?”.


Dinámica en el Reino

12 Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.

Mateo 7:12

La regla de oro consiste en el amor al prójimo como a uno mismo. Esta es la dinámica  de las relaciones dentro del Reino: el Juez es Dios, la corrección se da de manera integra, la ayuda viene del cielo, y cada uno trata al otro como desea ser tratado.

Esta dinámica sólo es posible bajo el Evangelio. Sin Él tendemos a tomar un lugar que no nos corresponde. Podemos llegar a pensar que somos mejores que otros. De ser así, nos exaltamos y despreciamos a los demás. Pero también es posible considerar que somos peores que los que me rodean. Entonces, nos despreciamos y exaltamos a todos. En el Evangelio reconocemos todos somos pecadores, salvados por gracia. Ésto nos capacita para amar a otros como a nosotros mismos.


El Evangelio es verdad y gracia. La verdad nos muestra nuestra verdadera condisción delante de Dios como pecadores. Si sólo vemos esta mitad, sufriremos de la aplastante crudeza de nuestra maldad. No encontraríamos valor alguno en nosotros mismos. “Soy muy pecador”. Pero la gracia nos muestra el gran amor de Dios para nosotros. Si únicamente consideramos esta segunda mitad, caeríamos en orgullo y vanidad. “Soy muy amado”. Pero la combinación de verdad y gracia nos regala una seguridad humilde: soy pecador pero soy amado, soy amado pero soy pecador. 


¡Gracias por leer!

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