1. Soy el tamaño de mi iglesia. Uno de los grandes demonios que nos persiguen como pastores es el número de asistencia y membresía. Cometemos el error de poner nuestro valor en multitudes. Sean muchos o sean pocos los presumimos o los excusamos. Esto es una mentira. La verdad es que el tamaño de la iglesia, sea grande o pequeña, no la hace buena o mala en sí. Yo no soy el tamaño de mi iglesia, soy el tamaño mi pecado perdonado, el amor y gracia de Dios en Jesús.

2. Soy los cumplidos que recibo. En ocaciones, la lucha más fuerte se encuentra en medio de los halagos. Cuándo un sermón fue “hermoso”, el culto “lleno de bendición” y todo fue “gracias al pastor”, una de las tentaciones más grandes vienen al corazón: aceptar la adoración que únicamente le pertenece a Dios. ¡Falso! Los pastores sólo somos vasos de barro con un gran tesoro en el interior. Yo no soy los cumplidos que recibo, soy la verdad que soy un gran pecador salvado por gracia a través de la fe en Jesús.

3. Soy los conocimientos que tengo. No sólo se espera que tengamos todas las respuestas, nosotros mismos pensamos que podemos hacerlo. El conocimiento no es malo, el problema es confiar más en mi conocimiento, diplomas o grados académicos que en Dios. La realidad es que no somos omniscientes, ignoramos tantas cosas y nuestra capacidad es limitada. Yo no soy los conocimientos que tengo, soy un tonto que fue rescatado por la sabiduría de Dios: Jesús.

4. Soy la apariencia de mi matrimonio. A veces olvidamos que ser testimonio incluye aceptar nuestra pecaminosidad y modelar el arrepentimiento bíblico y la fe sincera. Todo matrimonio está afectado por el pecado, inclusive el tuyo amigo pastor. Seamos sinceros, tus líderes lo saben, los cristianos lo saben, pero por sobre todo Dios y tu esposa lo saben. Yo no soy la apariencia de mi matrimonio, soy un pecador que vive con otra pecadora (24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año) pero ambos salvados y sostenidos por su gracia.

5. Soy el comportamiento de mis hijos. Uno de los más grandes pecados del pastor como padre es poner una carga sobre sus pequeños que sólo Jesús podía llevar en la cruz: salvarlo. Los hijos son bendición de Dios, bajo el efecto del pecado original y necesitados de la gracia divina, pero no son medios de salvación. Yo no soy el comportamiento de mis hijos, soy un hijo rebelde, perdonado, rescatado y adoptado que puedo guiar a otro hijo al verdadero Padre.

6. Soy lo que hago. Enseñar, discipular, visitar, predicar, orar en público, servir, barrer, cantar, tocar un instrumento, sonreír, saludar, aconsejar, entrenar son todas cosas buenas pero no son suficientes para sostener una identidad. Nuestra mente falla, la lengua se traba, los pies se cansan, el cuerpo se agota. Puedes hacer mucho pero si quieres poner tu identidad en lo que haces nunca será suficiente. Yo no soy lo que hago, soy lo que Jesús hizo por mí pecador: un sacrificio de amor.

7. Soy quien soy en público. Domingo por la mañana, sonrío, saludo cordialmente, me intereso en las personas, oro con fervor, hablo con pasión, canto con devoción, sonrío a mi esposa, abrazo a mis hijos y despido a todos. Nada de esto está mal, el problema es que si es sólo un cascaron no vale. Si oro más en lo público que en lo privado, si leo más mi Biblia en una reunión que en mi recamara, si trato mejor a mi esposa el domingo que el jueves, hay un problema. Yo no soy quien soy en público, soy la ganancia de lo que él fue en público: pecado perdonado.

8. Soy quien soy en privado. Lunes por la noche, sólo en la casa, lucho con tentaciones, tristeza, cansancio o depresión, no oro, no leo, no canto, soy indiferente a mi hogar, soy frío con mi esposa, mi vecino y mi Dios. Soy pecador, más de lo que me gustaría aceptar. Pero gracias a Dios ese no es el fin de la historia. Yo no soy quien soy en privado, soy la ganancia de lo que él fue en privado: un inocente orando para hacer la voluntad del padre y perdonarme como pecador.

9. Soy fuerte. Un funeral, consejería con un matrimonio que se divorcia, un adolescente con depresión, padres que luchan con rebelión con sus hijos, cuentas que pagar, trastes que lavar, se descompone el carro, mala noche de sueño, falta de concentración para preparar la predicación, un líder no cumplió con su responsabilidad. “Tengo que ser fuerte”. ¡No! Yo no soy fuerte, soy débil, pero Jesús si lo es, yo soy su poder manifestado en la debilidad.

10. Yo soy el salvador. Un hombre sin esperanza, un mujer hundida en relaciones destructivas, un matrimonio en picada, un adolescente ciego en la vanidad, una iglesia que carece de santidad: “Los tengo que salvar”. ¡No! Yo no soy Jesús, soy otro hambriento que ha encontrado pan y puede señalarle a otros hambrientos dónde hay abundancia de alimento.


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